un escenario en permanente búsqueda para recordar, para crecer, para soñar, para compartir y para seguir...

octubre 09, 2008

Crónica de un recorrido personal


Siempre había pensado que los temas concernientes a religión, género (léase lucha machismo vs feminismo) o discriminaciones (de cualquier tipo), entre otros, que pudiesen resultar “espinosos” para muchas personas, no eran sustancialmente importantes para mí. Tanto más, por muchos años me sentí orgullosa de recitar que aquello era una elección personal que en la mayoría de casos representaban un panorama “sesgado de las cosas”. Intentaba creer que esos asuntos poco tenían que ver conmigo y a simple vista no había manera de percibir en mí una afectación por ellos.

Sin embargo eso cambió luego de una conversación donde a partir de experiencias puntuales se evidenciaban ciertas confrontaciones. Allí, alentada por la explosión de pareceres, experimenté un reencuentro personal que de manera socarrona me enfrentó a temas que hasta el momento yo consideraba no eran parte importante de mi identidad.

Debo reconocer que dicha experiencia me acercó con una triste claridad a la manera como en mi propio ser, sin saberlo, llevo la huella de una “cultura” que me ha sido heredada y que traspasa muchos más significados de los que yo pueda ser del todo consciente. A partir de de allí redescubrí en mi subjetividad habitantes ocultos y arraigados en cada célula de mi corporalidad. Habitantes insospechados y difíciles de desalojar. Habitantes que pueden traer consigo múltiples historias de represión, sesgo, maltrato, anulación o subyugación, en mi humanidad y en la humanidad de otros.

A partir de allí me hice la pregunta por mi identidad, por mi subjetividad, por mi entorno, por mi cuerpo; especialmente por ese polémico “objeto” de carne y hueso. Ese único e inalienable pedazo de propiedad que en un diálogo surrealista únicamente me atañe a mí.

Recordé la manera de concebirlo. Las historias de un pasado cercano que me remontaron a mi infancia y a esas primeras implicaciones de la diferenciación de ser niña y no niño y con ello las implicaciones expresadas en los juegos a los que tenía derecho: la ropa que debía vestir, las actitudes que debía cultivar, los amigos con los que podía intimar, la raza en la que me debía inscribir, la clase social, la historia familiar, y en fin, todas aquellas creencias que portaban consigo un legado o tradición cultural que sin que yo pudiera decidirlo conscientemente, influyeron para que me inscribiera a lo largo de mi vida en causas desconocidas para quienes me legaban y para mí.

Durante mi adolescencia a mi inconsciente concepto de corporalidad debí sumarle la pregunta por el cambio, por el atractivo, por la insatisfacción, por la rebeldía, por la inclinación sexual, por la moda, por los gustos, por la sensibilidad, la emotividad, la camaradería y todo aquello que pudiera darme pistas sobre una “identidad propia” que fuese distinta a la portada hasta dicho momento de mi vida. Allí pude ubicar endebles y fantasmales conciencias de “identidad de género”, “identidad sexual”, “identidad adolescente - prejuvenil”, “identidad musical- cultural”. En suma, algo más acorde o parecido a una “identidad X”.

Superada la etapa adolescente creí descubrir la necesidad inherente de experimentar cambios que fueran más allá de mi cuerpo y de mi pensamiento. Allí junto a mis amigos y compañeros de estudio sostuvimos en algunas ocasiones incipientes y/o acalorados debates sobre las maneras de apostarle a un mundo distinto, la necesidad de hallar un mundo renovado que fuese capaz de motivarnos y contener todo aquello que nosotros sentíamos como necesidad: arte, cultura, educación, igualdad, justicia, libertad, felicidad, un poco más de todo... Un debate soñando e iniciado por muchos inmortalizado tal vez en Woodstock de 1969.

Ahora que la sociedad dice que soy una adulta joven y que me veo intentando descubrir aquellos “habitantes insospechados” en mí, me encuentro con las preguntas acerca de un conocimiento más profundo, una economía más estable, una sana relación laboral, una verdadera independencia y autonomía, una sólida relación de pareja, una familia cálida y amorosa (buscada en esa familia de origen, en esa familia política y tal vez esa familia propia).

Aquí es dónde la vida parece resolverse, tal vez porque las metas ya no hacen parte del mundo de las ideas sino que entran a hacer parte de la materialidad (tan necesaria en nuestros tiempos). La perspectiva de alcanzar una vida feliz: buen trabajo, postgrado, viajes vacacionales, adquisición de ciertas propiedades, una vida en familia, una vida tranquila. Para muchos quizás esta es la mejor de las etapas, el juicio y prejuicio de que se tiene una conciencia madura. Una persona centrada y confiable.

Sin embargo en este somero recorrido la experiencia me dice de manera irónica que mis inquietudes y necesidades no han sido resueltas, que mis deseos de un mundo renovado, amable, grato y novedoso no pueden ir más allá de una incipiente sociedad de consumo que juega con los valores y la moral de todos. Una sociedad que segundo a segundo ofrece vendernos esa felicidad anhelada desde los primeros años.

De manera soterrada encuentro mi deseo de habitar en el paraíso. Muy seguramente ese paraíso del génesis bíblico del que expulsaron a Adán y Eva. Es así como me doy cuenta de que los temas de religión y género no habían sido importantes porque sencillamente no necesitaba aprenderlos. Estos ya hacían parte de todas mis células y muy seguramente me han brindado experiencias similares a millones de personas y especialmente mujeres, provenientes de un hogar marcadamente patriarcal, católico y moral. Así mismo descubro el tema de las discriminaciones enraizado en los conceptos circundantes de belleza, consumo, moda, moral v/s inmoral, bien, bondad, justicia y no sé qué cosas más.

Es así como en un tema aparentemente intrascendental siento la revelación de “lo que soy” como un híbrido en el que no estoy segura de saber que creo, que siento, que pienso, que me gusta y que me pertenece. Es como si la búsqueda de esa identidad propia menguara y se confundiera con el simple ejercicio de respirar. No sé si para mi desazón o esperanza tengo la certeza de que el asunto no concluye ahí y que la presencia de aquellos habitantes ocultos en mí corporalidad me ponen la tarea de acechar en su búsqueda.

No hay certeza de que pueda seguir el rastro u obtener resultados visibles a mis ojos. Sólo presiento que la aventura en búsqueda de conciencia propia debe iniciar.