Es muy simple dijo el zorro "sólo se ve bien con el corazón... Lo esencial es invisible a los ojos" - Lo esencial es invisible a los ojos – repitió el principito a fin de recordarlo.El Principito - Antoine de Saint Exupéry
Me encontré con el principito por primera vez a mis escasos diez años y aunque antes ya había oído hablar de él, no podía imaginar lo que para mi representaría.
(... algunos años antes) Recuerdo que estaba por nacer mi hermanita menor cuando mi mamá me enseñó a leer. Meses antes de que yo cumpliera cinco años. Desde ese momento la vida tomó un significado distinto y leía cuanto texto me encontraba. En el pueblito en el filo de montaña, en que yo vivía, no había educación preescolar y en la escuela no me recibían en el grado primero hasta que cumpliera mínimo seis años, dado que el promedio de iniciación escolar estaba en los siete años. Así que significó una largo tiempo de espera el hecho de enrolarme en el mundo estudiantil.
Durante ese tiempo mi mamá se dedicó a perfeccionar mi lectura, escritura y operaciones básicas matemáticas, por lo cual, cuando ingresé a la escuela tenia amplios conocimientos, leía muy rápido y de corrido, cosa que sin exagerar, parecía un heroísmo para mis compañeritos de clase, ya que la mayoría eran mayores que yo dos ó tres años, y algunos hasta estaban repitiendo el primero de primaria.
Pasaron cerca de tres años de los que algún día contaré, luego de los cuales mi familia se trasladó a otro lugar, una ciudad mucho más grande que el pueblito. Allí conocí a una niña que tenía mi mismo nombre y nos hicimos amigas. Jugábamos a ser heroínas de cuentos de hadas, cantantes de rock, detectives, médicas, profesoras, inventoras... y un día, ella me prestó un libro muy bonito que le habían regalado en su cumpleaños “El Principito”.
A mi papá le molestaba que leyera "tanto" y yo, para evitar reproches trataba de ocultar los textos entre mis cuadernos, me encerraba en el baño, fingía dormir, o me escondía en cualquier sitio de la casa; por lo que la mayoría de veces, desde la clandestinidad, yo leía historietas, comics, apasionadas novelas de amor, historias policíacas, cuentos de ficción, de terror, metafísica y no sé que más cosas; y en general, casi todo lo que estuviera a mi alcance. Quizás un motivo de molestia de mi papá frente a mi lectura, era que yo prefería leer por encima de alistar las tareas, comer a horas, hacer los mandados de la tienda, dormir, y siempre estaba como en otro planeta… Resultado de lo anterior, mi lectura quedaba restringida a los fines de semana y todo lo que quisiese leer debería ser aprobado por mi papá.
Cuando mi amiguita me prestó aquel libro, yo para evitarme el someterlo a aprobación y tener que esperar hasta el fin de semana, preferí ocultarlo y leerlo a escondidas. Sin embargo el relato de aquel niño de rizos dorados que aterrizó en el desierto, lejos de su planeta y de su rosa; y que hizo por amigo a un zorro; que amaba los atardeceres y que reía como una fuente de agua! me devastó y lloré, lloré y lloré. Aquel libro fue leído muchas veces en el transcurso de una semana y yo me veía con mis ojos enrojecidos y llorosos todo el tiempo. Mi papá se dio cuenta de que algo me pasaba y al no contestarle de que se trataba, quitó de mi mano mi cuaderno de estudios y mi escondido secreto cayó al suelo; ante lo cual se enojó y en un reprochable y arrebatado enfado, cogió el libro y lo rasgó en pedazos.
Lloré inconsolablemente aún más por el pobre principito, ya no por su historia, sino por su desencuadernada y rasgada "humanidad". Intenté unir los pedazos pero el aspecto final, me causaba una tristeza mayor aún… Lo que pasó después con mi amiguita, con su libro, la reconciliación con mi papá y mis lecturas posteriores, no considero de trascendencia en este relato, pero sí y mucha, el hecho de que tiempo después mi papá llegó de la calle con el mismo libro en su mano.
Pasaron 9 años más, en cuyo traspasar leí algunas veces el libro y otras en que lo dejé de lado, hasta que un día conocí al mejor amigo de todos: un principito adulto perteneciente a otro planeta, con una mezcla de piloto aterrizado en el desierto, de zorro libre y melancólico, que parecía tener en su amor la mirada de una rosa.
Por razones académicas nos hicimos muy buenos amigos y en un lapso cercano a los cuatro años hablamos de muchos temas, entre otros “del principito”. Yo en ese momento tenía como muchos jóvenes prejuicios de lo “centrados” que suelen ser los adultos, y él, una persona grande, un jefe de oficina, un dedicado profesor universitario, un amoroso esposo y padre de familia, un talentoso escritor, un cálido filósofo; decía, que este era el libro más profundo y bello del mundo, y que debía ser leído todas las veces, en todas las etapas de la vida, y fue así como un día juntos pactamos retomar la lectura del libro. Aquí yo pude ver que él, de manera diáfana y espontánea, lloraba con sentimiento por la basta e insondable melancolía que sentía nuestro principito.
Fueron muchas veces que paseando por la ciudad y sus alrededores, en compañía de la lluvia, del sol, de un café, un cigarro, un bombón o una chocolatina, quizás descalzos sintiendo la tierra o el agua, lloramos juntos por nuestro pequeño héroe. Recuerdo especialmente una tarde en la que lo acompañaba en su auto a recoger una cámara de vídeo. Atravesamos una carretera en construcción que dejaba ver una panorámica de la ciudad y al volver, el sol estaba de frente, eran alrededor de las 5:00 p.m., y la luz que emanaba era de un dorado tibio, cálido, casi mágico. Detuvo su auto, descendió de él y se quedó en silencio unos minutos. Me instó a bajar y admirar el paisaje. El viento era fresco y reconfortante. Me dijo: “Parrita, ves que bonito regalo nos ha dado en esta tarde el universo…? (siguió un silencio) ¿vos qué pensás…?”
Sucedió un largo espacio de charla sentados en un barranco a la orilla del camino, viendo como la luz del sol entraba por entre las nubes y así mismo se desplazaba; viendo la ciudad tornarse gris por la noche que se acercaba. Vimos la primera estrella en un cielo aún azul claro e intenso, vimos las nubes con acuarelas naranjas, rosas y grises; vimos la vida que fluía en la ciudad y que se manifestaba en luces y sonidos. Hablamos de esta ciudad y de otras, de cómo podría hacer mi proyecto de pregrado en la universidad, de películas, de las cosas que nos gustaban, de la vida, de extraterrestres (él disfrutaba haciéndome creer que era uno) y ... “del Principito”. Ese día me dijo que pronto se trasladaría a un trabajo en otra ciudad y que se radicaría allí con su familia, que había vivido en esta ciudad por más de ocho años y que se daba cuenta con alegría de lo mucho que la quería, de lo linda que le parecía con sus Ocobos rosados, amarillos y blancos; así como sus Cambulos y Gualandayes florecidos casí todo el año, y que le agradecía a esta ciudad que siempre le había permitido verla con ojos de visitante, es decir, con ojos de asombro.
Hablamos entonces del sentido de pertenencia y del hecho de no pertenecer a ningún territorio. Me dijo que muchas veces no hacemos nada por nuestro espacio, por nuestros vecinos y por nuestra ciudad porque nos cansamos y hastiamos de ello; porque empezamos a sentirnos atados. Expresó reiteradamente sus sentimientos de gratitud y su alegría por marcharse a otro lugar… Había oscurecido, por lo que subimos al auto y nos encaminamos a nuestros respectivos destinos.
Ese día redescubrí el principito que estaba a mi lado: un ser cercano a los 40 años, con mechones cortos, medio lisos, rebeldes y de tonos caobas, rojos y anaranjados. Recordé esa visión del inicio cuando nos hicimos amigos y yo tuve la vaga idea de hallarme en frente de un principito adulto, mezcla de piloto aterrizado en el desierto, de zorro libre y melancólico, que respiraba un profundo amor por su rosa.
No hubo en mi lugar a dudas, y lo comprobé aún más, cuando meses más tarde con la ayuda de una serpiente (destino) emprendió el viaje de vuelta a su propio planeta. Un viaje de vuelta sin retorno en el que llevó junto a él su rosa.
Yo, en esta dulce ausencia, muchos años después de su partida, me he descubierto como aquel domesticado amigo zorro…
Este texto está dedicado a ti, inolvidable y entrañable amigo "A",
Donde quiera que estés…
Entonces apareció el zorro...
-¡Buenos días! -dijo el zorro.
-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vio nada.
-Estoy aquí, bajo el manzano -dijo la voz.
-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!
-Soy un zorro -
-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!
-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.
-¡Ah, perdón! -. ¿Qué significa "domesticar"?
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear vínculos... "
Verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...
-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.
-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...
-Ciertamente -dijo el zorro.
- Y vas a llorar!, - No ganas nada. Dijo él principito.
-Gano -dijo el zorro- he ganado... Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.
Y volvió con el zorro:
-Adiós -le dijo.
-Adiós -dijo el zorro-. Pero antes te diré mi secreto (...)

2 comentarios:
Gracias, por devolverme a la magia...gracias por apoderarte de la esencia e intimidad de un gran hombre niño que junto a vos tuve la fortuna también de amar y compartir...
Es bello, simplemente bello. Ahora la entiendo más, ahora comprendo su ser lleno de sentimientos, emociones, una vida que no se cansa de asombrarse, entiendo sus preguntas inocentes. Es una niña grande que no ha dejado de soñar; me da pena de mí, porque ya no creo tanto en los sueños como antes.
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